martes, octubre 30, 2007

Ecos del fin de semana

De hace dos fines de semana:
  • Primera clase de fotografía
  • Avistamiento de Coyote en el concierto de The Cure. Le grité. Me escuchó, pero no me vio. Debió pensar que era la voz de su consciencia.

Del fin de semana pasado

  • Llamada telefónica de Brasil y posterior acto de vomitar incómodamente en los baños de la oficina
  • Invitación de mi maestra Lucifera a conversar con unas chicas de la universidad que trabajan en sus tesis porque considera que mis preguntas incómodas las pueden ayudar.
  • Escuchar a Adrián comentar que no me debo preocupar si me va mal en el examen de Estados Unidos al fin que le gusto a la maestra.
  • Isaid entró a mi perfil de hi5 y no senti emoción o sentimiento cual ninguno cuando vi el registro. Bendito sea Dios. Ya estoy en otro lugar.
  • Mi primera vez en el laboratorio de revelado del curso de fotografía.
  • Mandar mensaje emocionado a todos los amigos sobre mi primera vez en el laboratorio de revelado
  • Invitación de J. a comer para celebrar mi primer foto
  • Hacer reir hasta las lágrimas a Mr. Punk
  • Desayuno el domingo con las niñas de la tesis. Descubrir que efectivamente, mis preguntas incómodas pueden servir.
  • De pronto...hasta se me antojó hacer mi propia tesis y creo tener una idea del tema
  • Tropezarme en el camino de regreso con el Museo Nacional de San Carlos. Me invitaron a pasar a un recital. Al entrar, Marimo Sugahara, que no sólo recibió educación en guitarra clásica sino que además tiene estudios de ingeniería civil-estructural, interpretaba la siguiente pieza:
  • video

  • Luego, Luz Angélica Uribe, soprano, interpretó Gretchen am Spinnrade, de Fausto. La escena es la siguiente: Gretchen se da cuenta que se está enamorando de Fausto, hombre inteligente, vanidoso y orgulloso que hace un pacto con el diablo. Gretchen no sabe de este acuerdo, pero sabe de Fausto que es como las verdolagas con carne de cerdo: malignas, y sin embargo se asume hasta las cejas infatuada. Y mientras piensa en él, le da vueltas a la rueca, y se imagina cómo será besarlo y sentirlo y describe como su pecho quiere ir a depositarse en sus manos... y todo dicho con mucha tristeza y quizá hasta dolor porque, no por estar de caliente uno se olvida de la realidad....o sí ?
  • Si la ópera no les da prurito, pueden escuchar esta pieza aquí: Gretchen am Spinnrade

domingo, octubre 21, 2007

Qué hacer con mis libros y mis malos pensamientos.

S. sugiere que resuelva mi problema de espacio no sólo vaciando el ropero y regalando juguetes, sino tambien mis libros.
MIS LIBROS, ellos que nunca jamás me han fallado, los que, a pesar de que no me gustaran respeté y los terminé de leer (salvo una excepción mencionada abajo), los que me acompañaron en mis noches de insomnio, algunos que inclusive me provocaron insomnio, los que me dieron nausea, los que me hicieron reir, con los que lloré, los que me enseñaron cosas, que los deje ir...
S. opina que será un acto liberador, que me ayudará a dejar atrás los traumas, a dar el siguiente paso....pero, mis libros.
Revisé mis librero sólo como ejercicio hipotético y aunque la idea me parece blasfema en inicio, están los siguientes nominados:
  • los de Henry Miller
  • los de Guadalupe Loaeza
  • La mitad siniestra y Four Past Midnight de Sthephen King (me quedo con El resplandor)
  • Justine de Sade (me quedo con Juliette)
  • los poemas de Gabriela Mistral
  • los de Paco Ignacio Taibo
  • ese par de cosas horrendas tituladas "Maquiavelo para mujeres" y "Júrame que te casaste virgen"
  • el de Gráficos con Turbo C++
  • el PC interno 5 (de cualquier manera nunca le entendi)
  • el Morris Mano de lógica digital y diseño de computadores (NUNCA MAS!!!)
  • mi copia del Manual de urbanidad y buenas maneras de Carreño ( a nadie le sorprende que tenga una )
  • una de mis copias del Contrato Social ( mi papá en su emoción con mi entrada a la universidad me compró 2)
  • tal vez el Tannenbaum de Sistemas Operativos Modernos
  • el Lazarillo de Tormes que nunca jamás terminé de leer en la primaria
  • el de Sara Sefchovich
  • La "Ciudad de Dios" de "San" Agustin (si quieren al original, lean a Platón)
  • esa otra cosa espantosa llamada "Isabel I CEO"
  • "Mujeres, sexo y adicción": ni soy adicta ni tengo sexo ... so, no hay problema
  • liberaría mucho espacio sacando el tomo uno y dos de Física de Resnick y la versión maligna compilada (el libro rojo)...pero me acuerdo de mi papá y mi mamá y sus esfuerzos por comprarle los libros carísimos a su hija que quería ser ingeniero...así que esos se quedan en su lugar.
  • probáblemente un par de los escritos por Castaneda
  • el libro sobre Krisna que me robé de un hostal en Brujas
  • tal vez la serie de "Isis sin velo" (ya no necesito entender a Dios)
  • los de Schopenhauer
  • "Hacia el edén" de Anne Rice

Hum ..... resulta pues, que sí tengo a más de 10 antiguos compañeros de cama que puedo mandar fuera de mi habitación y de mi vida.

Y tal vez convenga que cambie de canal durante las escenas de besos apasionados en Prision Break, si es que deseo conciliar rápido el sueño y evitar los malos pensamientos. Eso y acabar con mi última reserva de Kisses de Hershey's. Menos mal que tengo un chocolate a la mano.

lunes, octubre 15, 2007

Comercial

También tengo un fotoblog, que no actualizo con tanta frecuencia como este, pero ahora que he recuperado las ganas de ver y ando con mi camarita por todos lados, subi unas cuantas fotos nuevas y otras varias que me había olvidado que tomé.

Échenle un ojito de cuando en cuando, al parecer ya encontré un curso de fotografía adecuado a mis horarios, con lo que espero actualizar más seguido.

Visiten:

Por que mis ojos te vieron

y comenten.

You know me

a mask
a plastic mask
holding my imprint, bathed by my breath,
carrying my sweat
the most specific and personal identifier of my
odyssey

the symbol of my horror
the tool for my escape

i must prevail
i must endure, tolerate, and accept
i will use this terror object as my passagemaker
to become a predator again
a survivor
and not just a survivor

my future
does it exist
how am i seen
can i measure it myself
or only as reflected in the eyes of others

my life

now always measured as before and after
before and after the headache

i am defiant
no matter what
the sorrow
my rage

you know who i am
i am your friend
i am your brother
i am your child
i am a real person

you know me *

* You know me. Rick Levinson
Exposición temporal en el Museo Nacional de la Estampa

lunes, octubre 08, 2007

Conclusiones luego de limpiar la mitad de mi cuarto

  • No necesito más ropa
  • No necesito más zapatos
  • Ya tengo suficientes perfumes
  • Hay una serie de bolsas muy bonitas que esperan con ansiedad una renovado ataque de mi personalidad "niña bolsita" para que las saque de sus fundas y las lleve de paseo por la ciudad.
  • Podría hacer miles de combinaciones, no entiendo porqué siempre salgo con los mismos trapos
  • Dejar de comprar discos y libros es algo que no voy a hacer, asi que necesito estrategias novedosas de aprovechamiento del espacio porque ya no cabe una caja más.
  • Duermo mejor cuando no siento que estoy en una sección del basurero municipal y llegar a mi cama no es una carrera de obstáculos de alto riesgo.
  • De verdad, no necesito más ropa. Lo que necesito es bajar de peso para que me quede la que ya tengo.
  • Ahora que limpie la otra mitad, que incluye libreros y tocador, seguro encontraré que no necesito más accesorios como aretes y collares ... lo que necesito es ordenarlos para que me sea más fácil encontrarlos y así no salir siempre con los mismos aretes.
  • Finalmente, luego de años de resistencia psicológica y un tanto física, puedo ponerme esos varios pares de bonitos zapatos de tacón que me gustaron y compré pero que nunca he usado.
  • Es momento de decirle adiós al menos a algunos de los muñecos y juguetes que tengo guardados, necesito espacio, y mis sobrinas ....bueno, el punto es que ya es hora de soltar algunas cosas o me va a pasar lo del cuento del alado y su red.

viernes, octubre 05, 2007

¡Ahora!

Este es otro de esos post largos, de esos que escribo en la madrugada con la nariz constipada y los ojos hinchados. Uno en donde le quiero agradecer a Luca por hacer acto de presencia y a través de sus comentarios mostrarme su interés, a Yorch que casi nunca me habla pero cuando lo hace, lo hace bien y a Jimmy por ser tan buen amigo y siempre estar cuando lo necesito y me deja abrazarlo y me invita a comer.

Esto que transcribo es otro cuento del libro que actualmente leo, cuyo autor, Michael Ende también escribió el primer libro que me compré en mi vida cuando con mi beca de la Bátiz tuve dinero extra suficiente, se llama “La Historia Interminable” y cuando lo hicieron película le pusieron “La historia sin fin”.

Cuando en el tráfico, que es el lugar en donde tengo mi lectura recreativa, llegué al cuento en cuestión, tuve que cerrarlo y dejarlo para terminarlo en mi casa cuando todos estuvieran dormidos y yo pudiera disfrazar el sentimiento con el ruido de la regadera. Y lloré de camino a mi casa y cuando estaba en mi casa. Llorar es algo que hago muy frecuentemente en estos días y ni modo, hoy no lo logré, mañana tal vez sí. Al menos mantengo mis ojos bien lubricados.

Lo copio porque lo sentí como Dios gritándome al oído y los contactos que el de arriba tiene con nosotros siempre se comparten y se presumen.

Amo mis libros y todo lo que ellos me dan. Ya sólo falta que me ame a mí…. Qué lugar más común….

Despacio como gira un planeta, gira la gran mesa redonda con el grueso tablero. Encima hay un paisaje de montañas y bosques, ciudades y pueblos, ríos y lagos. En el centro de todo, diminuto y frágil como una figurita de porcelana, estás sentado tú girando.

Sabes del movimiento continuo pero tus sentidos no lo perciben. La mesa está en medio de una sala abovedada que también gira con su suelo de piedra, la bóveda, los muros, despacio como un planeta.

A lo lejos, en el crepúsculo, ves a lo largo de las paredes los armarios y arcones, el gran reloj de pie viejo que marca el sol y la luna, entre medias las paredes pintadas con estrellas, aquí y allá un cometa y por encima de ti, en lo alto, la vía láctea en la cúpula. No hay ventanas, ni puertas. Aquí estás seguro, todo te es familiar, todo está firme, te puedes fiar de todo. Este es tu mundo. Gira, y tú en el centro del centro, giras constantemente con él.

Pero una vez un terremoto sacude todo aquello. El muro de piedra se parte en dos, una grieta que se abre más y más. Las estrellas pintadas se separan y tú te asomas a algo que es tan extraño para tus ojos, que éstos se niegan a registrarlo, una lejanía a la que se precipita tu mirada, una oscuridad luminosa, un vendaval inmóvil, un rayo incesante. Lo único a que puede agarrarse tu mirar es una figura humana, apoyada contra el huracán inaudible, envuelta de pies a cabeza en un paño que parece tremolar, pero que, como en un cuadro, no se mueve. La figura tapada está allí quieta, pero no está sobre nada, pues debajo de sus pies está el abismo. El viento ha apretado el paño contra su cara, tú intuyes su forma.

Entonces ves cómo la boca se mueve detrás del velo y oyes cómo una voz grave y suave dice:

-¡Sal, pequeño hermano de sangre!
-¡No! –gritas alterado- ¡Vete! ¿quién eres? ¡no te conozco!
-No podrás reconocerme –te responde el tapado - mientras no salgas. ¡Así que ven!
-¡No quiero! –exclamas- ¿Por qué habría de hacerlo?
-Ya es hora –dice él.
-No –respondes tú-, no, ¡éste es mi mundo! Aquí he estado siempre, aquí quiero quedarme. ¡Vete!
-Abandónalo todo –dice él- hazlo voluntariamente antes de que tengas que hacerlo. Si no será demasiado tarde.
-¡Tengo miedo! –le gritas.
-¡Abandona también el miedo! –contesta él.
-¡No puedo! –respondes tú.
-¡Abandónate también a ti mismo! –dice él.

Ahora estás seguro de que la voz que te habla es perniciosa y estás decidido a rechazarla.

-¿Por qué te escondes y no muestras tu rostro? Yo lo sé: porque quieres destruirme. Quieres atraerme hacia ti para que caiga al vacío.

El permanece callado un rato y dice por fin:

-¡Aprende a caer!

Con alivio ves cómo la figura tapada desaparece de tu campo visual. Pero no es ella la que se ha movido. La sala abovedada sigue girando despacio y con ella la gran mesa redonda en cuyo centro estás sentado, pequeño y frágil. Y gira la grieta del muro alejándose de la figura que está allí fuera.

Pero algo ha cambiado. La grieta no vuelve a cerrarse. Y detrás de tus estrellas pintadas, fuera de tu mundo firmemente constituido, jamás cuestionado, subsiste aquello distinto que hace que todo sea dudoso. No puedes evitarlo. Pero tampoco estás dispuesto a aceptarlo. Durante mucho tiempo permaneces así, con la sensación de haber sufrido una herida que nunca se curará. Nada será ya como antes.

Y entonces otra vez la figura apoyada contra la tempestad inmóvil aparece ante tu mirada. No se ha alejado. Te esperaba.

-¡Ven –dice la voz profunda y suave – aprende a caer!
Tú contestas:
-Bastante grave es tener la desgracia de caer al vacío. ¡Pero quererlo uno mismo o aprenderlo incluso, es perverso! Tú eres un tentador, no te seguiré. ¡Vete, pues!
-Tú caerás – dice el tapado -, y no sabrás si no lo has aprendido. ¡Así que abandónalo todo! Ya que pronto no te sostendrá nada.
-Tú has irrumpido en mi mundo –le gritas-, yo no te he llamado. Brutalmente has roto lo que era mi defensa y mi propiedad. Sólo puedes destruir lo que me sostiene, pero no puedes obligarme a que te obedezca.
-Yo no te obligo- dice el tapado-, te ruego, pequeño hermano de sangre. Ha llegado la hora.

La figura calla y mientras vuelve a desaparecer de tu vista, alza la mano y te la tiende y te parece que bajo la luz del rayo incesante has visto en la muñeca la señal sangrienta de un clavo. Pero tu mirada ya se estaba apartando y seguiste girando sobre tu mesa debajo de la cúpula.

Tú te dices a ti mismo que todo eso es una alucinación. Tarde o temprano volverá a cerrarse la grieta del muro como si nunca hubiese existido. Y quedará demostrado que no existió nunca, porque no puede estar allí, los muros son muy antiguos e indestructibles. Lo que ha sido siempre, será siempre. Todo lo demás es engaño, surgido quién sabe por qué razón. No se debe hacer caso. ¡Y luego esa terrible exigencia! ¿No contenía incluso una amenaza? ¿Y si hubieras cogido la mano quién te dice que te hubiese sujetado? ¿Estaba acaso tendida para sujetarte? ¿O quizás estaba sólo para arrastrarte fuera de tu pequeño mundo seguro y para arrojarte en el abismo? No, será mejor que no dejes que te encuentre el que está ahí fuera. ¡Hazte aún más pequeño! ¡Escóndete! Si no puede descubrirte, es posible que te deje en paz y todo volverá a ser como antes.

La sala abovedada gira despacio y con ella la gran mesa redonda con las ciudades, los pueblos y los lagos y contigo mismo en el centro. Y una tercera vez entra en tu campo visual la figura tapada, iluminada por el rayo incesante de la tempestad inmóvil.

-Pequeño hermano de sangre –dice la voz, y esta voz suena penosa, como si hablase con dolor-, ¡escúchame y ten fe! No puedes quedarte ya donde estás. ¡Sal fuera!
-¿Me cogerás y sostendrás cuando caiga? –preguntas tú.
El tapado sacude lentamente la cabeza.
-Si has aprendido a caer no caerás. No hay arriba ni abajo, ¿a dónde ibas a caer entonces? Los astros se mantienen mutuamente en equilibro en sus órbitas sin tocarse porque son afines entre sí. Así sucederá también con nosotros. Hay algo de mí en ti. Nos sostendremos mutuamente y nada más nos sostendrá. Somos estrellas que giran, por eso ¡abandónalo todo! ¡Sé libre!
-¿Cómo puedo saber que es verdad lo que dices? –exclamas desesperado.
-Por ti mismo –contesta él-, porque yo estoy en ti y tú en mí. También las verdades se sostienen mutuamente y no descansan sobre nada.
-¡No –gritas tú- eso no se puede soportar! ¿Es que no puedo escapar de ti? ¿Por qué no dejas que me quede en paz donde estoy? ¡Yo no quiero tu libertad!
-Serás libre –dice él- o dejarás de ser.

Luego oyes algo que suena como un suspiro. Los muros tiemblan y se mueven, y despacio se cierra la grieta tal como deseabas. Podrías estar contento, pero eso no dura mucho.

Algo sucede a tu alrededor que sólo comprendes poco a poco. El mundo que te era antes familiar ya no lo es. Se vuelve contra ti. Sombras descienden de la sala abovedada, grises y nebulosas figuras hambrientas, rostros grandes y pequeños que están ahí y luego ya no están, un barullo de miembros y cuerpos fugaces que se deshacen y siempre se forman de nuevo. ¿Qué hacen? ¿De dónde vienen? Surgen de los arcones y armarios, del reloj, de los propios muros, de todo lo que hacía sentirte seguro y protegido. Todo eso ya no tiene consistencia, se destruye a sí mismo.

Y mientras la sala abovedada gira despacio alrededor de ti, pequeño centro frágil, tienes que dejar que suceda lo que sucede. Tú mismo lo has provocado, después de todo. Pero te temen a ti, su procreador, al menos eso parece. Se agolpan en los últimos rincones y a lo largo de las paredes. Se aprietan contra los muros de piedra, lamen, por así decirlo, de arriba abajo los muros de piedra con sus cuerpos nebulosos y las estrellas pintadas empalidecen. Por donde pasan, la construcción se vuelve imprecisa, nebulosa como ellos mismos. Roban a tu mundo la realidad, le chupan la sustancia, la convierten en fantasma de un mundo, la borran porque nunca existió.

Sin embargo, parecen insaciables, pues lentamente se van acercando a ti. Sólo la mesa con el gran tablero y el paisaje que hay encima gira y gira y tú con él en el centro. Te das cuenta que también te borrarán a ti porque nunca exististe.

Ahora sientes los martillazos, pero no se oye nada. ¿Qué están haciendo? Pasan un tubo a través del círculo del tablero, un trabajo penoso, pero ellos no se cansan. Y entonces, cuando el tubo sobresale por ambos lados empieza a fluir algo y no deja de fluir, y ellos lo lamen, ávidos como perros. Y tú sientes como si fuese tu propia sangre la que se escapa, sientes como el círculo que hay debajo de ti se vuelve cada vez más irreal con cada latido. Ahora se apodera de ti un espanto impotente.

-¡Hermano de sangre! – gritas con una vos diminuta que apenas puedes oír-. ¡Sálvame! ¡Enséñame a caer!

Pero el muro no se abre, porque ya no está ahí. Y pronto no habrá otra cosa que el abismo. Caerás y caerás sin haber aprendido y buscarás dentro de ti lo que es afín a tu hermano de sangre, como lo son las estrellas que se sostienen mutuamente en sus órbitas, pues sólo eso te sostendrá y a nada más podrás aferrarte. ¿Pero sabrás? Puesto que no has aprendido, ¿sabrás?

Ahora ha desaparecido todo.
Ha llegado la hora.
¡Ahora!

El espejo en el espejo.
Michael Ende.
Ed. Alfaguara.

miércoles, octubre 03, 2007

Mi realidad hasta en lo que leo ....

El hijo se había soñado alas bajo la experta dirección de su padre y maestro. Durante muchos años las había creado, pluma por pluma, músculo por músculo y huesecillo por huesecillo en largas horas de trabajo, de sueño, hasta que tomaron forma. Las había dejado crecer de sus omóplatos en la posición correcta (era especialmente percibir con toda exactitud la propia espalda en sueños), y había aprendido poco a poco a moverlas adecuadamente.

Había sido una dura prueba para su paciencia seguir practicando, hasta que tras interminables y vanos intentos fue por primera vez capaz de elevarse al aire por unos instantes. Pero luego cobró confianza en su obra, gracias a la benevolencia y severidad inquebrantables con que le guiaba su padre. Con el tiempo se había acostumbrado tan por completo a sus alas, que las sentía como parte de su cuerpo, tanto que experimentaba en ellas dolor o bienestar. Al final había tenido que borrar de su memoria los años en que había estado sin ellas. Ahora era como si hubiese nacido con alas, como con ojos o manos. Estaba preparado.

No estaba en absoluto prohibido abandonar la ciudad-laberinto. Al contrario, quien lo lograba era mirado como un héroe, un bienaventurado y su leyenda era contada durante mucho tiempo. Pero eso sólo les estaba reservado a los dichosos. Las leyes a que estaba sometidos todos los habitantes del laberinto eran paradójicas, pero inmutables. Una de las más importantes decía: sólo quien abandona el laberinto puede ser dichoso, pero sólo quien es dichoso puede escapar de él.

Pero los dichosos eran raros en los milenios. El que estaba dispuesto a intentarlo, tenía que someterse antes a una prueba. Si no la superaba, no era castigado él, sino su maestro, y el castigo era duro y cruel. El rostro de su padre había estado muy serio cuando le dijo: <>. Después había escudriñado largamente a su hijo y preguntado por fin:
-¿Eres feliz?
-Sí padre, soy feliz- había sido su respuesta.
¡Oh, si de eso se trataba, no había peligro alguno! Era tan feliz que creía poder volar incluso sin alas, pues amaba. Amaba con todo el fervor de su joven corazón, amaba sin reservas y sin la sombra de una duda. Y sabía que su amor era correspondido de la misma manera incondicional. Sabía que la amada le esperaba, que al final del día, tras superar la prueba, iría a su habitación azul celeste. Entonces ella se echaría en sus brazos ligera como un rayo de luna y en ese abrazo infinito se elevarían sobre la ciudad, dejando atrás sus muros como un juguete arrinconado, volarían sobre otras ciudades, sobre bosques y desiertos, montañas y mares, lejos y más lejos, hasta los confines del mundo.

No llevaba sobre el cuerpo más que una red de pescador que arrastraba como una larga cola por las calles y callejas, los pasillos y habitaciones. Así lo quería el ceremonial en aquella última prueba decisiva. Estaba seguro de que la superaría, aunque no la conocía. Sólo sabía que siempre se adecuaba por completo a la personalidad del candidato. De esta manera ninguna prueba se parecía jamás a la de otro. Podía decirse que la prueba consistía precisamente en adivinar a través del autoconocimiento en qué consistía aquélla. El único mandamiento severo al que podía atenerse decía que bajo ningún concepto debía entrar durante la duración de la prueba, es decir, antes de la puesta del sol, en la habitación azul celeste de la amada. En caso contrario quedaría inmediatamente excluido de todo lo demás.

Sonrió al pensar en la severidad casi furiosa con que su respetado y bondadoso padre le había comunicado este mandamiento. No sentía la más mínima tentación de quebrantarlo. Ahí no había peligro alguno para él, en ese aspecto estaba tranquilo. En el fondo nunca había entendido bien todas aquellas historias en las que un mandamiento semejante hacía que alguien se sintiese precisamente impulsado a vulnerarlo. En su marcha por las desconcertantes calles y edificaciones de la ciudad-laberinto había pasado ya varias veces ante la construcción en forma de torre en cuyo piso más alto, cerca del tejado, vivía la amada, y dos veces incluso ante su puerta, sobre la que figuraba el número 401. Y él había pasado de largo, sin detenerse. Pero eso no podía ser la verdadera prueba. Habría sido demasiado sencilla, excesivamente sencilla.

A todas partes donde llegaba se encontraba con desdichados que le miraban o le seguían con ojos admirados, nostálgicos o llenos de envidia. Conocía a muchos de ellos de antes, aunque tales encuentros no podían producirse nunca intencionadamente. En la ciudad-laberinto, la situación y disposición de las casas y calles cambiaba ininterrumpidamente, por eso era imposible darse cita en ella. Cada encuentro sucedía casual o fatalmente, según como se quisiera entender.

Una vez el hijo sintió que la red que arrastraba quedaba prendida y volvió sobre sus pasos. Bajo el arco de una puerta vio sentado a un mendigo cojo que enganchaba una de sus muletas en las mallas de la red.
-¿Qué haces? –le preguntó
-¡Ten piedad! –contestó el mendigo con voz ronca. - A ti no te pesará, pero a mí me aliviará mucho. Tú eres un hombre dichoso y escaparás del laberinto. Pero yo permaneceré aquí para siempre, porque nunca seré feliz. Por eso te pido que te lleves una pequeña parte al menos de mi desdicha. Así participaré un poco en tu evasión. Eso me daría consuelo.
Los dichosos raramente son duros de corazón, tienden a la compasión y dejan participar a otros de su abundancia.
-Está bien – dijo el hijo-, me alegra poder hacerte un favor con tan poco.

Ya en la siguiente esquina se encontró con una madre angustiada, vestida con harapos, acompañada de tres niños hambrientos.
-Supongo que no nos negarás a nosotros- dijo llena de odio- lo que le concediste a aquél. Y prendió una pequeña cruz sepulcral de hierro en la red.

A partir de ese momento la red se hizo cada vez más pesada. Había un sinnúmero de desdichados en la ciudad-laberinto y todos los que se encontraban con el hijo prendían cualquier cosa en la red: un zapato, una prenda de vestir o una estufa de hierro, un rosario o un animal muerto, una herramienta o hasta una puerta.

Caía la tarde y se aproximaba el final de la prueba. El hijo avanzaba penosamente paso a paso, inclinado hacia delante como si luchase contra una gran tempestad inaudible. Su rostro estaba cubierto de sudor, pero todavía lleno de esperanza, pues creía haber comprendido en qué consistía su misión y se sentía, a pesar de todo, con las suficientes fuerzas para llevarla a cabo.

Entonces anocheció y seguía sin venir nadie para decirle que ya bastaba. Sin saber cómo había llegado con la interminable carga, que arrastraba, a la terraza de aquella casa como una torre en la que estaba la habitación azul celeste de su amada. Nunca se había percatado que desde allí se divisaba una playa, aunque tal vez ésta no había estado nunca en aquel lugar. Profundamente preocupado, el hijo se dio cuenta de que el sol descendía detrás del horizonte brumoso.

En la playa había cuatro hombres alados como él y, aunque no podía ver al que hablaba, oyó claramente como eran absueltos. Preguntó a gritos si le habían olvidado, pero nadie le prestó atención. Tiró con manos temblorosas de la red, pero no logró quitársela de encima. Gritó una y otra vez, llamó a su padre para que vinisese a ayudarle inclinándose todo lo que podía sobre la barandilla.

En la última luz del crepúsculo vio cómo allí abajo su amada, envuelta en velos negros, salía conducida por la puerta. Luego apareció, tirado por dos caballos negros, un coche negro cuyo techo era un gran retrato, el rostro lleno de dolor y desesperación de su padre. La amada subió al coche y éste se alejó hasta que desapareció en la oscuridad.

En ese instante el hijo comprendió que su misión había sido ser desobediente y que no había superado la prueba. Sintió cómo sus alas creadas en sueños se marchitaban y caían como hojas otoñales, y supo que nunca volvería a volar, que nunca podría ser otra vez feliz y que, mientras durase su vida, permanecería en el laberinto. Pues ahora formaba parte de él.
El espejo en el espejo.
Michael Ende.
Ed. Alfaguara

martes, octubre 02, 2007

Aliento de 3 pesos

Dear Ana Cristina,
Here is your horoscope for Tuesday, October 2:

You may need to keep pushing -- even though it feels as if all is lost. The good news is that you can certainly salvage a fair amount from the situation and things are just about to get a lot better on their own.

... ¿no son maravillosas las predicciones descafeinadas pero que distraen (y medio alientan, para que me hago tonta) que recibe uno en su mail todas las mañanas?